miércoles, 7 de octubre de 2009


¿Por qué yo, por qué yo?? Quién quiere dientes en su conciencia, quién quiere el frío calando la médula de sus huesos. Aterido y atemperado a un clima que hace hervir mis entrañas. Hiervo de frío, hiervo de frío. Y la realidad se mofa de mis asuntos y me escupe en la cara. Otra vez las preguntas existencialistas han recalado y danzan estrepitosamente sobre la superficie roída de mi corazón. Bajo al infierno a buscar ayuda y el diablo se ha ido de paseo. ¿Dónde está el mal, entonces, que tanto creí dominar? Dios es bueno, infinitamente bueno. Pero mi alma negra está perfectamente pulida con la cera de su justicia. Cada quién tiene lo suyo y mi conciencia está pagando mis deudas. ¿Por qué precisamente ella? Dios debería perdonarme, hacerme fluir por entre sus bendiciones. Quiero arrepentirme de mis procacidades, quiero interferir en mi propio destino. Y sin embargo, mi boca gesta atrocidades y mi vida se mece en los lindes de la inconsciencia. Otro, otro, otro más y la soledad se hace más dantesca, terriblemente placentera y yo sigo deseando otro cigarrillo. Quiero fundirme en ese humo azulado, quiero que me estrechen contra el suelo y me den un fuerte pisotón y que apaguen el fuego de mi conciencia. ¡Me quema, me quema, me quema!!!!!!! Quiero ir, quiero huir, quiero difuminar mis contornos y perderme en mis ansias de conocimiento prematuro. ¿Qué importa si la verdad es más grande que mi capacidad de comprensión? Mi capacidad de asombro me resta, me basta, me sobra. Aquí hablo yo, el que se admira del color de una moneda brillante y de la magnificencia de unos ojos hermosos. Miro la grandeza de un grano de arena y no hay diamante que le tenga parangón. Ardo, ardo como es debido… ¿anda, demonio? El demonio salió a pasear, fue a visitar a su novia, la muerte. Y ella, por lo que me he enterado, le ha mandado al diablo. Le ha escupido en la cara su dulzura, sus capas enteras de bondad y piadosa contextura. Y él me ha llamado, por eso he venido. Él se siente solo, él está tan solo como yo. Sólo que él no lo disfruta, él arde en millares y millares de ciudades en ruinas con la compañía de almas grotescas, impías, tan estúpidamente incompatibles con su capacidad de comprensión.

Pero que venga Dios, se siente en mis rodillas y me explique por qué, cuando menciono su nombre, algo en mí se retuerce, como cuando aplican sal al lomo flemoso de una sanguijuela. ME duele su nombre porque todavía lo amo: amo el hecho de haberme abandonado en mis primeros pasos y de haber escupido en la cara, como la muerte escupió la cara de diablo. Y mis filosofías de vida fueron las mentiras y mi cuna ha guarnecido las desgracias de una muerte incruenta, de una conciencia cuyas deyecciones han sabido suplir a la perfección el cerebro vil, humano, vilmente humano que he debido tener.

No quiero detenerme: son mis dedos grandes cañones y por ellos yo disparo la mierda más exquisita, la pólvora más apestosa. Quiero ver las curvaturas de la vida, quiero ver la grandeza en los ojos de la gente. Quiero comprenderlas, quiero amarlas, quiero vislumbrar en sus caminos el fuego que corroe mis entrañas, los dientes afilados y perforadores que posee mi conciencia. Pero dios no existe, dios no existió: ha muerto cuando mi conciencia dio un mordisco a mi corazón.

Y aquí va de nuevo los sentimientos excelsos de la literatura. Subo, bajo. Me alzó, camino enhiesto y observo con altruismo las desgracias perennes ceñidas al cinturón de la vida. Me duele, me duele, quiero ser yo mismo y, cuando lo logro, me doy cuenta de que jamás puedo lograrlo: yo mismo no soy yo mismo. Yo soy otra persona, alguien cuya amistad pertenece a lo bueno y esto ha logrado engañar a su cerebro. Mi cerebro, ese órgano palpitante que eriza los vellos de mi nuca, que despierta una erección cuando el cuerpo bien torneado de la vida me dice que las circunstancias escupen azufre… y que eso debe agradarme. ¿Dónde está Vivaldi y su invierno? ¿Dónde está Guido Reni y la cabeza de su Cristo crucificado? Yo se los diré: están en el infierno. Allí, el diablo no es indiferente: su astucia le prohíbe ser una bestia. Más bien Dios ha sido quien ha soslayado la capacidad de los humanos. Unos gusanos que él abandonó millones y millones de temporadas atrás y que ahora son mariposas hermosas: ciertamente, no todas. Una que otra millonada de polillas asquerosas y escalofriantes pero que, a su vez, resaltan la belleza de las alas de las otras. Él sí que escatimó sus centavos de conciencia pero ahora, cerca del fin del mundo, y como él inspiró al pescador iletrado a escribir un libro voluminoso, como él dio a luz unos ojos otrora ciegos, así ahora me río del génesis impío y mi demonio ha creado un nuevo infierno: bienvenido seáis, dios mío, ven i convierte lo irrisorio de esas mariposas en la tragedia que a tus hijos les gusta germinar. Convierte mi vida en un sacrilegio, mis diversiones en pecados y frustra mis deseos de salir de mi credo. Tú te divertirás; yo, te lo agradeceré.

jueves, 27 de agosto de 2009

Yo, de nuevo



Que la nada se esfume y me deje solo. Ya nada basta para complacer mis ansias de soledad. ¿Quién sabe qué es el mañana? Vendrá y será el hoy y no tardará en ser el pasado. Mira mis espaldas y otea sus contornos alados. ¡Estoy volando! ¿Quién dijo que nadie puede viajar en el tiempo? Lo hago todos y cada uno de mis días y, créanme… atrás y adelante es todo igual. Uno podrá ver más cosas y saber más y jamás será suficiente el hecho de conocer tanto puesto que la comprensión no es algo inmanente a la noción. Unas ansias demoledoras aplastan mis instantes. Estoy sumamente nervioso. ¡Ese soy yo! Nada me alcanza, todo me sobra. Podría prescindir de la vida pero jamás de las ganas de vivir. ¿Es comprensible? No lo creo, lo pongo en duda. No obstante, está aquí, en mi pecho, latiendo con una avidez loca, como si la idea pudiese ser tan descabellada como para pertenecer a la realidad… pero dale, suena Vivaldi y que la tensión de tu violín me lleve hasta el límite, que me muestre sus contornos umbrosos. Yo sólo quiero ser yo, ¿es tanto pedir? Estoy convencido que sí, nada más difícil que eso.
Hace poco conocí el amor y me pareció tan abominable. Uno hesita entre entregarlo todo y ceder nada. Yo soy egoísta, ellos me creen inteligente. ¡Inteligente! ¡Bah…! Pero lo he visto y su risa es un relieve hiriente en la superficie de mi conciencia. Quiero verlo de nuevo, quiero que sea mío. Pero nada tan difícil como ser yo mismo y eso… eso ya es pedir demasiado. ¿O me equivoco? Por qué, entonces, cuando me habla, siento que yo no soy yo, siento que es el momento perfecto, que sólo la nada puede ser mejor que esto… que sólo el caos puede gestar algo tan excelso y prodigioso. ¡Mayestáticos! Sí, es eso lo que son. Esos ojos son mis dueños. Debo mi lengua a su existencia. Una delicia terrenal alada con plumas de miel y una risa tan suave… es un candil ardiendo con aceite de amor. Y cuando respira y cuando suspira… ¡Oh, demonio! Qué bordes tan suaves tienen sus labios y la magia de su encanto es un puñal lubricado con magia. ¡Magia! Yo nunca creí en ella. Para mí todo tiene una explicación. Sin embargo, si la desconozco es como si no la tuviera. Da lo mismo. De todos modos, ya he renunciado a las ganas de comprenderlo todo.

domingo, 26 de julio de 2009

Yo era un ángel antes de tener mi vida y quise conservar el raciocinio que implica tan preciosa condición. Pero la vida me marcó con su sello dorado y me agradó ser ditinto. No, más bien al contrario. Me desagradó en demasía, a tal punto que he llegado a adorar mi instinto aninmal, el lado no-divino que poseemos nosotros, los hombres. Y es tan sabrosamente aterrador que el miedo que me causa ser yo mismo me produce una sensación placentera, casi amarga, como el resabio de una enorme copa de miel acariciando mi garganta...
Es tan tierno ser negado, es tan perfecto saber que la aceptación sólo recaiga sobre una máscara pendiente, un antifaz vibrando sobre la piel fría de mi rostro.
Dios y sus angeles me tienen envidia, porque nadie se ha a atrevido a amar lo que debe detestarse. Ni siquiera ellos mismos. ¡Dios y los ángeles! Benditos mil veces los anatemas que recaigan sobre ustedes. Me sabrán deliciosos los berrinches que engendren con sus argucias sentimentales y las rabietas gestadas desde sus corazones divinos: aquél, tú, sí, el de la máscara lila, aquel del corazón aguerrido, de los ojos escrutadores, el del alma cobarde y porfiada. Demuéstranos el tesón que tienes para recurrir a lo perdido: demuéstrame que amas tu inocencia marchita, tu inocencia mustia, tu inocencia jamás nata aunada al hecho de tu conciencia floreciente, tan bella por el hecho de ser incipiente, como una poesía siendo arrojada a borbotones del corazón oscuro de un poeta...
Disculpas otra vez, por ser yo mismo, queridas mías. Son deyecciones perfumadas con el aroma de las letras. De otro modo, yo no podría expresarme.
Las amo, de nuevo,
Andres

miércoles, 22 de julio de 2009

martes, 21 de julio de 2009

La Etiqueta Fucsia - 2da Parte

Ah... y luego aquel asunto de Europa, la raptada por los minoicos, teniéndote en su seno y albergando el vástago que tus entrañas guardaron. Lo siento por ti, querida mía, lo siento mucho por ti. Yo mismo oí tus gemidos lamentarse de la noticia y a través del aire sentí el frío de tu corazón. Era gélido como el continente de los muertos y lacerante como la piel de un puercoespín. Y sin embargo, me vi tentado a abrigarte y acariciarte y a sopesar la gnosis impoluta de tus cuarentaytantos años de vida. Viviste más. Alguna vez me djiste que la vida te quedaba corta. Y yo quise aferrarme a esa idea. ¡Pero mis dedos deslizron hacia el abismo de la verguenza! ¡VErguenza! Yo, que te amo tanto y que recuerdo nuestros momentos como el sabor dulce de una gran cucharada de miel. Esos días de caramelo y de contexturas de satén y algodón. Méceme en mis recuerdos, oh Dios del tiempo, y hazme olvidar que he crecido, que alguna vez yo fui grande, que nunca puedo volver al ayer salvo a través de sus ojos negros y de su risa jovial, de su gargante eterna y de su talle alto... las amo, y las amo y las amo. Pueden odiarme... las quiero tanto que se los permito. Pero eso si, tesoros mío... nunca, aunque tengan que mentir, me digan que han dejado de quererme... porque yo lo aceptaré y mi vida será normal y yo les aseguro que nunca he deseado una vida de ese modo.
Con cariño,
Andres

La Etiqueta Fucsia - 1era Parte

Ayer soñé con el holocausto de mis sueños. ¡Cuán cáustica resultó ser la realidad! Se quemó el disfraz y la máscara se demoronó ante mis pies desnudos, ateridos del frío de la verguenza. Ignominia hasta en las lágrimas del cielo, lo sé. Disculpa, querida mía, mi compañera, mi querida hermana. Vi tus ojos negros tornarse manantiales de lágrimas en mis pensamientos y tu boquita de niña risueña, tu pequeño rostro de inocencia corrompida me mordió el alma con dientes dantescos y dolorosos. Una imágen de barro, cierto. Como que de polvo estoy hecho y nada que no sea real durará para siempre... nisiquiera la misma realidad. Es una noche oscura y tú no estás conmigo... en fin, tienes una vida de 18 años florecientes, de incipientes emociones ajenas a mi realidad... ¿crees eso, cierto? Vi el répelus através de tu ojos...pero lo supiste domeñar como sólo tú sabes hacerlo. Y me dijiste que me querías, que yo era tuyo. Que nada cambiaría entre nostros. Pero, ¡oh, cielo! ¡Oh, pergamino de los ángeles y sus trompetas doradas! ¿Cómo describir la magnitud de la tristeza en sus ojos negros? Es inefable el hecho de que la conciencia corra por mis venas como el veneno de aquella noticia fluyó por tu cerebro. He planeado no hablar de esto, hacer de cuenta que para mí es como en realidad sucede: un suceso irrelevante, una etiqueta morada pendiendo de las solapas de mi abrigo. Una etiqueta fucsia. Entonces dime, pequeña mía, adorada mía, hermosa mía... ¿es esto lo que esperabas? ¿Debí haber sido lo que todos esperaban de mí? Las plantas han crecido hermosas hasta hoy... hasta hoy que nos dimos cuenta que sus raíces crecieron sobre el fango del muladar. Ahora que el sol brilla con más fuerza, hasta nos parece que es tenue, que siempre fue débil, que la vida tiene unos pies enormes y un batacazo suyo es una traición como la mía. Sí, una traición. Yo te amo, hermana, te adoro. Pero la noche me aplasta y mi sangre hierve bajo sus enormes pies.
Duel, duele como nunca. Pero más lastima saber que el dolor es pasajero, que yo lo superaré, que ya lo superé. ¡Dios, que sus ojos negros no vuelvan a atisbar mis entrañas! Arderán con el fuego de mis misterios y los fluidos ácidos de mi interior derruirán mi imagen ante sus ojos. Negros como la noche misma, noche como sus ojos mismos.
Libérate, tesoro, de las ataduras de tu mente y mírame con indiferencia, con pulcritud, con asco a la indiferencia y siente la realidad de mi vida... yo ya lo hice y créeme... LO SIENTO.

jueves, 9 de julio de 2009

Una tarde mía.
La lluvia cae sordamente sobre las tejas de esta casona. Me siento inútil, triste, mustio, falso. Es como si en mi interior lloviera también. Es inefable el hecho de sentirme tan desvalido ante la ausencia de inspiración. Escribir, y escribir. ¿Es esto lo que realmente quiero? Lo que realmente deseos es ser feliz, es ser alguien. Ahora, la felicidad es un concepto abstracto y complicado en mi interior. Encierra fama, recoge amor, incluye soberbia y lujuria y deseos alcanzados.
Es una estrella brillando en un firmamento sin luna; una sola. Tan sólo una. Yo quiero estar allá, en ese cielo. Demostrarme a mí mismo que yo soy único. Tal vez no inmensamente grande, tal vez no inmensamente codiciado. Pero sí único. ¿Qué otra cosa puede tener sentido en esta vida? Uno camina por aquí como en medio de un desierto. Me falta agua pero no tengo sed. Hace demasiado calor, pero no me incomoda. No es un limbo, ni tampoco un infierno. Ni mucho menos el cielo o el paraíso. Y es eso lo que más detesto. ¿Monotonía? Quizás sí, quizás no. Sólo quiero poder dar amor y que me correspondan.
Pero la lluvia sigue cayendo sordamente, estúpidamente. No fuerte. No débil. Ni siquiera un término medio. Nunca es suficiente el hecho de alcanzar lo que uno quiere.
¿Quién dijo que el peor castigo que podemos recibir es la concesión de nuestros mayores deseos? Qué va. Pudo haberlo dicho él, pero pensado otro. Ya nada interesa.
El aroma a cigarrillo inunda esta habitación, obceca mis sentidos pero me recuerda al menos que estoy vivo: que puedo morir, que soy sensible a algo.
No a la belleza; eso ni dudarlo. Si no a ese algo que está allí. Que siempre está allí pero que jamás vemos. Como el horizonte en el campo, como las estrellas titilantes en los claros en medio del bosque; el hecho de que no podamos verlos no quiere decir que no existan.
Pero como también sino los vemos es como si no existieran. ¿Cierto?
Qué más da. La suerte está echada. Las cartas están esparcidas frente a mis ojos y sin embargo no muestran figura alguna en ninguna de sus caras. ¿Está a mi mando? ¿O son mis genes quienes harán mi futuro? Es un carro sin freno; uno no puede detenerse jamás sino hasta que se ha estrellado contra la muerte.
Es el amor insondable, la tristeza enigmática, la soledad reconfortante y aterradora, lo efímero de este día que en unas horas he de sepultar. Los cigarrillos que me he fumado, la sangre ambigua en mis venas: ¿niño u hombre? ¿Debo suponer que hay un término medio? Siempre los he detestado. Como también siempre los he anhelado. Es preferible estar en el medio que en el extremo, como en alguna de las orillas del mar y no en la sima de su profundidad.
Tengo un terror horrible a crecer y no ser nadie; ¿qué diablos seré? ¿Quién diablos seré? Yo, ahora, soy poca más que nadie; poco menos que alguien.
La duda corroe siempre mis huesos, ausculta mis pensamientos, retrocede en el tiempo y avanza inexorablemente hacia el día siguiente.
Sentirme derrotado es suficiente; es mejor a sentirme en medio del triunfo o del abatimiento.
Pero, ¿de veras un ser como yo es capaz de amar? ¿A quién amo en este momento? ¡A nadie! Ni una seña de añoranza por personas, ni un rastro de amor hacia alguien.
Más bien lo que amo son los momentos que ya no están, añoro los instantes que he vivido con una melancolía tan sórdida y demoníaca que me obliga a imaginar un sol sin fuego, un cigarrillo consumido, el tic-tac inexistente de un reloj sin manecillas, el fuego del sol ardiendo en un corazón gélido pero delirante.
En fin, un mundo sólo como el que puede albergar un corazón como el mío.
No soy nadie, es cierto. Pero quisiera ser alguien.
Y al final, sino puedo ser alguien me bastará por completo quedarme como nadie; ser nadie también puede ser divertido,
Uno puede vivir a sus anchas, a sus costumbres dantescas, en su mente de diantre.
Uno puede exisitir hasta en los rincones negados a todos, hasta en la noche de las sombras del día. Y en fin, ¿no es acaso eso un tipo de soledad? Yo amo la soledad. La amo como un adicto ama la cocaína; podría vivir mejor sin ella pero es imposible y desesperante permanecer lejos.
En fin, siempre me ha bastado con cerrar las cortinas de mi mundo y olvidarme de todo aquello que no me pertenezca. Soy egoísta, porfiado, derrochador. Poco inteligente. Poco agraciado. Y tengo la dicha de regocijarme en mis defectos. ¿Es ésa una virtud? Gastaré los pocos centavos que me queden de conciencia y los gastaré en intentar saber más, en querer comprenderme, en querer abrir un segundo más aquellas cortinas y echar un vistazo al exterior.
Pero me aburre.
Nunca estoy a gusto por mucho tiempo con nadie. En ningún lugar. Con ninguna persona. ¡Ni siquiera conmigo mismo!
Es eso lo peor. Pero, ¿es acaso también otra virtud?
Necesito ser escuchado, pero ¡ni siquiera yo puedo soportarme!
Siempre he detestado la mentira, la he odiado, la he repudiado. Pero de haber una madre más gestante ésa sería yo. Nace en mi corazón, crece en mi cerebro y las envío a vivir con el resto de seres humanos.
Sucio, desordenado, desabrido, insulso, malo.
Bueno, sí, para reconocer los errores. Y eso sí que no es una virtud. Si pudiera engañarme a mí mismo todo sería excelente. Y es posible, sí. Por eso todo parece marchar falazmente bien.
Yo, el amo de la desdicha anhelada. De la tragedia sobrecogedora, de la catarsis en los corazones que no me pertenecen. Dueño, amo, rey y señor de las tormentas más profanas y demoledoras, de los infiernos más abominables jamás natos ni siquiera aún en las mentes de los mismísimos demonios, padre de la desventura, dueño de un corazón prodigioso y capaz de amar la soledad.
¡Yo, todo eso! ¿En verdad es bueno ser lo que otros esperan de uno? Siempre lo he intentado, pero infructuosamente.
Uno siempre quiere más, ésa es mi perdición. Debí haberme marchado a un lugar lejos de mí mismo, donde nadie pueda ayudarme, donde pueda yo ser el que nunca quise ser: yo mismo.
Yo, el hijo negado de mi conciencia. El bastardo de mis sueños de sabiduría, fortuna, fama, alegría, orgullo y prejuicio. Yo, el que entrega monedas a los pordioseros sin esperar que Dios me lo reponga en ese cielo ignoto y quimérico, ¿en serio puedo ser tan malo?
Dímelo tú, demonio que habitas en mi interior, ¿puedo realmente pertenecer a tu continente? Yo te diré la verdad: a nadie diablos le importa. ¡Ni siquiera a mí! ¡A mí que las cosas más importantes demudan nimias y execrables! ¡Yo, que me entristezco y lloro ante la absurda vista de la espalda de un gato mirando absorto el caer de la lluvia por la ventana! El que se atribula ante una nube solitaria, el que llora cuando alguien es dadivoso y bueno.
El que se entristece cuando la gente a su alrededor está siendo tan inmensamente feliz.
En verdad, sí puedo ser muy malo.
Y tan bien inmensamente bueno.
Y cuando digo bueno algo me punza la conciencia. Me acaricia las sienes con unas manos etéreas, con unos dedos impregnados de electricidad.
Soy yo, definitivamente, el que ha cambiado mi mundo. Lo he descubierto, lo he recalentado. Ha desaparecido y vuelto a recalar. Es un ciclo como el de la vida y la muerte.
Como la calma después de la tormenta…
Es un veneno que circula por mi sangre, que se pasea por mi mente.
Que bombea ácido a mi corazón.
Ciertamente estoy muriéndome por seguir permaneciendo solo.
¡Pero quiero compartir mi soledad con alguien más! No es divertido si nadie lo ve, ¿verdad? ¿Es eso también egoísmo? ¿O sólo es mi alma siendo ella misma otra vez?
No, no es divertido. A mí me gusta divertirme, aunque sea a expensas de la desdicha.
Me reiría hasta de la estupidez de mis errores. Y lloraría por mis logros alcanzados, que no son muchos, que son muy pocos, que en verdad no tengo ninguno.
Y la imagen de la lluvia inundando mis sentidos es otra vez la misma que del infierno derritiendo los corazones gélidos de los hombres malos. Yo, sí. Yo puedo ser bueno.
Yo quiero ser bueno. Siempre lo quise. Siempre amé a los santos cuando la conciencia me lo permitía. Alguna vez soñé con tocar el cielo, con besar la mano sagrada de dios. Con ganarme su mirada impoluta, con besar sus labios santos.
Y con conseguir la hegemonía sobre todos los favores celestiales. En ser santo también, en ser amado por él también y he aquí de vuelta mi fanático egoísmo, mi alma tortuosa como el azulado humo de un cigarrillo.
Y, en honor a la sinceridad, pienso que yo no podría ser tan bueno, queriéndolo todo para mí, pero para compartirlo después. Y de verdad, yo no puedo ser tan malo. ¡Si yo te amo a ti, a ti y a ti! Tú, el de las manos sucias, el del cabello mugriento, la de la niña pobre y malytrajeada en tus brazos, la del nombre insigne de pobreza y desgracia! Y a ti también ladron de esquina, tú el del saco negro, el de los dientes bien cuidados, el del cabello bien peinado. El de los ojos azules, el del cabello rubio!
¿Puedo ser tan malo ?
Sólo quiero sentarme a escribir, pero algo tan realmente bueno . Yo siempre quise ser bueno. Lo sé porque soy egoísta; quiero la bondad para mí solo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Impresiona'u

Hay algo en los escritos de Deigar Miranda y Andre Wong que me ha dejado sumamente impresionado. Noto cierta calidad renuente a dejarse soslayar... sencillamente los leo y algo en mí vibra como un violín arrebatadoramente cruel... aunque en sus publicaciones poco o nada pueda encontrarse que se califique como tal (más bien dulce, diría yo). Sinceramente, espero que continúen, que la vida se trata de eso: sólo de continuar. Ojalá pudiera yo acercármelos en gran medida...
Saludos

miércoles, 27 de mayo de 2009

Otra vez la noche ha sucedido al día y las nubes empañanel resplandor de las esttrellas. Es como si el tiempo sugierese con una voz tan trémula como falaz que las cosas nunca cambiarán, que es suficiente el hecho de atisbar el cielo y comprobar una vez más que el sol está allí como ayer, como hoy, como mañana... como todo el tiempo antes de nosotros. Sin embargo, bajo la mirada y oteo mi alredor. Nada más triste y tan dantescamente aterrador como comprobar que el tipo que ayer fue niño deambula como un hombre sobre la lóbrega faz del tiempo. No, no es correcto. Es el tiempo quien cabalga sobre su faz indefensa.
Yo los veo caminar y moverse, desperándose por vivir cada instante como si fuese lo único realmente trascendente. Qué de inocencias arrasadas por el tiempo y qué alas enormes las que brotan de sus espaldas...

martes, 26 de mayo de 2009

Fragmentos de una novela a publicarse....

Pero, muy alejada de todos aquellos sucesos, la historia debió verdaderamente culminar allí, con nuestra amistad destruida y la tranquilidad de un suburbio alborotado por unas muertes consecutivas. Y no pasaron muchos días antes de que Francesca se marchara también de Fungoverde. Apareció una tarde, en casa, mientras nosotros cenábamos. El timbre sonó y Claudia fue a abrir. Nadie interrumpió el silencio, nadie osó a despojar al mutismo que desde hacía semanas estaba arraigado a la mesa familiar. Ya era una costumbre la carencia de diálogo, de tal guisa que en la casa se había implantado la costumbre de oír solamente al silencio, a sentirlo como una esfera pesada, sobrecargada de tensión. Si algo apremiante tenía que decir era a mi padre a quién recurría; yo, a mamá, no le dirigía la palabra. En el fondo, sabía que ella era la culpable de desencadenar toda la desgracia. Y Claudia, mi querida Claudia, comprendía mis motivos, yo lo podía sentir. Ella no lo había superado aún; a menudo la encontraba sollozando en su habitación, pero cuando me veía aparecer era como si de pronto adquiriese el valor suficiente para consolarnos a ambos. A veces, si papá pretendía lograr una conversación, rápidamente se percataba de que le sería imposible hacerlo, porque las caras eran máscaras de sombras, eran expresiones iracundas o miradas divagando. Yo advertía la rareza en su extraña reacción: generalmente él hubiese dado un sopapo a la mesa que hubiera hecho zumbar a la casa entera y, acto seguido, hubiese no sólo pedido, sino exigido explicaciones. En cambio, se mantenía al margen de los problemas y yo desconocía los motivos, motivos que me interesaban muy poco, en realidad.
La puerta se abrió, entonces, y yo creí sentir su suave perfume cuando ella traspasó el umbral. La vi desde el comedor, parada en medio de la sala, su piel iluminada por la cálida luz amarilla de una lámpara de piso, acariciando con sutileza las mejillas de Claudia. Estaba visiblemente emocionada, con lágrimas en los ojos. Fue breve, en su despedida, y eso me causó muchísimo dolor.
Saludó cuando entró y pidió disculpas por su inoportuna visita. Mamá no le respondió el saludo, pero mi padre se mostró entonces el doble de atento. Se limpió la boca, colocó la servilleta en la mesa, se puso de pie y la invitó a sentarse para comer algo. Pero ella rechazó la invitación alegando que disponía de muy poco tiempo.
—He venido a despedirme —dijo por fin, cuando vio que mi padre no cesaba en sus esfuerzos por retenerla. Ahora estaba de pie, en la cocina. Pude imaginar sus muslos temblando de miedo, intentando sostener la resolución que su mirada blandía, como si fuese a lo único lo que su ser entero pudiera aferrarse para mantenerse enhiesta. Yo alcé la cabeza, como herido por un rayo. Miré a Claudia, que se había llevado una mano a la boca y me miraba aterrada, luego la miré a ella.
—¿Qué cosa has dicho? —pregunté, sintiendo un incipiente retorcijón en las tripas, consciente del vacío que iba creciendo en mis entrañas.
—He dicho que vine a despedirme, Danyael —repitió ella, sosteniendo temblorosamente la mirada, y yo me puse de pie, como si alguien hubiese tirado de mí. La llevé hasta la sala, casi halé de ella. Entonces vi el dolor que reflejaba su rostro, un dolor desmedrado, sobrenatural, que amenazaba con destruir la perfección de su carita: una muñeca enojada, una faz de muñeca jamás creada; una muñeca que ahora ostentaba sólo eso: dolor y más dolor en lo inmaculado de su piel. Sus ojos castaños, su cabello rubio, el color de sus mejillas, toda ella arrebatadoramente hermosa viniendo a despedirse de mí, y aquella expresión de tristeza, un dolor profundo que hacía entornar sus ojos.
—¿Por qué? —fue lo único que alcancé decir, como si replicase una idea absurda. Fue como recibir un duro golpe en el estómago.
—Mamá lo dispuso así.
Pero entonces ella comenzó a llorar a lagrimones. Me abrazó, me abrazó con mucha fuerza, apoyó su cabeza sobre mis hombros, su mentón en mi espalda y me explicó que ella no quiso venir a despedirse, pero que sabía que yo detestaba más una partida no anunciada que una despedida dolorosa. Y luego de incorporarse, después de decir adiós a mi padre y a Claudia, me pidió que la acompañara hasta la puerta, y luego hasta el muelle, en donde solíamos caminar contentos, sabiondos y pletóricos de felicidad, de dicha, de unos días exentos de los pormenores execrables del futuro. Durante un rato estuvimos andando por la plazuela, cogidos de la mano. Y luego se detuvo y nos sentamos en el escueto asiento de madera.
—Aquí es donde los vi por primera vez —dijo luego de un largo silencio, sin poder suprimir su llanto. Yo estaba petrificado, viviendo el nudo que aprisionaba mi garganta. Y era cierto, fue allí donde nos vimos por primera vez. Ella, un ángel perverso, la belleza de mil ocasos, de mil estrellas juntas, de toda una creación reclusa en unas mejillas frescas, en unos ojos ahora tiernos… toda ella, incluso yo… ninguno de los dos pertenecíamos al presente; habíamos sido expulsados de aquel paraíso hacía mucho tiempo, habíamos abandonado bruscamente el hoy, de tal manera que ella ahora era el pasado, era el ayer, al igual que Alessio, y ambos mirábamos atrás, ahora que la despedida se hacía eminente, porque el camión de mudanza se llevaba sus cosas y el llamado de su madre se hacía apremiante.
—Por qué… —volví a preguntar, y estaba vez no pude contenerme. Ella se había puesto de pie y yo había caído de rodillas, abrazándome a su cintura, llorando la furia de mil mares, de mil tormentas, también, preguntándome por qué había sucedido todo aquello si nosotros éramos tan felices, tan buenos…
—Voy a extrañarte, Danyael —aseguró, mientras me acariciaba los cabellos. Y las lágrimas seguían manando de mis ojos… casi podía contemplar en mi mente la mano del destino sosteniendo un afilado cuchillo, partiendo lentamente nuestras vidas, bifurcando el camino de nuestros sueños… adiós, mi querida Francesca, le dije, pero ven, quiero darte un último beso. Deja que atrape en ese gesto todas las sensaciones del tiempo de gloria que un día nos tocó vivir. Deja que tu olor quede impregnado en mis sentidos, que el color de tus ojos, de tu cabello, de tu tez, sean ahora el recuerdo más colorido al que pueda asirse mi vida… te amo, Francesca, te amo demasiado, pero es momento de partir, ya… calla…calla… shhh… ahora no me expliques el por qué, el a dónde, el cómo, siempre estaremos en contacto, en un falso contacto…. Eso sí, cariño, querida, hermosa mía, ángel mío, llévame en tu corazón, por favor, que yo haré lo propio: recuerda que es la única forma de saber que todo lo que vivimos en verdad fue real, que un tiempo existió, un tiempo el amor fue el corazón de nuestros días, fue la sangre que corría por las venas de nuestros vidas entrelazadas…
Y ella gemía, su voz parecía fluir de unas negras nubes sepultadas en su corazón:
—Voy a extrañarte, Danyael… voy a extrañarte…
Su madre gritó su nombre y ella se puso en cuclillas, también, y me dio un beso en los labios. Luego me miró con ternura, siendo consciente, tal vez, de que aquella sería la última vez que nos veríamos tal y cual éramos: un par de niños que alguna vez jugaron a creer en el amor. El carro de mudanzas partió primero y después ella se subió al auto de su madre. Abrió la puerta y, desde allí, me dijo adiós con la mano. Y luego, cuando se marchó, yo me quedé llorando en el banco de madera, sepultando mi cara entre las manos, respirando muy hondo de vez en cuando, cada vez que sentía que el llanto podía amainar. Pero no se detuvo, mi llanto no pudo detenerse. Corrí hacia la casa de Francesca, al costado de lo que fue un día la casa de la señora Katzenbach. ¿Socorrerá ella a Alessio si algo le sucediese en el cielo?, pensé, y condené la puerilidad de mis pensamientos. Y luego corrí hacia el muelle, en medio de la noche silenciosa, de una noche de semana, y me tendí en la superficie de madera y la golpeé con furia, con una devastadora ira que pretendía pulverizar los rezagos de mi razón. Si alguien me hubiese visto habría pensado que estoy loco, que soy esquizofrénico. ¡Y sus sentencias se acercarían con vértigo a la realidad!
Ahora estaba solo, completamente solo. ¿Es así como se sienten los que pierden la fortuna que una vez poseyeron?, me pregunté. Yo tuve la mayor de las riquezas: puedo decir con orgullo que el amor fue una condición seglar en el tiempo de mi juventud. Y que luego se me fue lentamente de las manos, pensando que debía decirme en mis entonces fantásticos: “esto es demasiado bueno para ser cierto”.
Y luego me alejé del muelle en dirección a la casa de Giuliano, casi corrí hacia ella, primero con pasos presurosos, luego con una prisa indisimulable y, al final, me encontré en una loca carrera, como si pretendiese ganar a la misma vida, al mismo sino, al mismísimo vaivén de la vida y la muerte, de las decisiones y del azar…
Qué solo me quedé entonces. El corazón se me partía lentamente, yo agonizaba de dolor. Miré las calles con una extraña sensación de extrañeza: yo, ahora, ya no pertenezco al presente, me dije. Mi vida, mi verdadera vida, pertenece ahora a un pasado muy cercano, cada vez más lejano, cada segundo más tenebroso... mañana, quizás, sea, como alguna vez me dijo Alessio: una simple añoranza.
Y en mi huida podía percibir el aroma de Francesca cuando la abracé por última vez, sus manos arrugando la ropa en mi espalda, sosteniéndose con desesperación de mi cuello, y su voz trémula diciendo que va a extrañarme, diciendo, también, adiós con las manos, y con su carita desmoronada y convertida en un tierno rictus de llanto.
Y luego, Alessio y yo sentados en el muelle, abrazados ante la luz de la luna. Qué tal par de locos enamorados, quizás hubiera dicho la luna, si tuviera ojos y boca para expresarse. Pero, al contrario de eso, parecía ser nuestra cómplice, una excelente amiga en los momentos de intimidad: nos regalaba un claro de luna que hacía excelsas nuestras veladas, que resplandecía temblorosamente sobre el lomo perfectamente oscuro del mar. Qué enfermos, nosotros dos, contemplando el ocaso, el sol desapareciendo por el horizonte, dejando rastros de sangre dorada, de rayos decrépitos que, entre las nubes vespertinas, parecían dedos moribundos aferrándose desesperados al último instante de vida reinante, dejando también, en su trayecto de muerte, matices violáceos en los contornos de algodón, en el azul pálido del cielo. Hasta que, de pronto, las estrellas iban tomando forma, la luna iba tomando forma por encima de los difuminados colores: un azul oscuro, una negra oscuridad, una noche que engullía el día con unas fauces tan profundas y negras, siempre eso, negras, y casi advertíamos los entresijos de aquellos colores como unos dientes afilados, una boca macilenta que se cerraba hasta que otra vez gobernaba ella, la noche, y la luna iba cobrando brillo, iba cobrando vida, también, mientras él, con su aliento bañando mis narices, obcecando mis sentidos con el fuego de su pasión, me decía te amo, y yo me transportaba al universo, ardía como el sol, colgaba del ocaso como las estrellas, mientras saboreaba la gloria que significaba reinar en un corazón tan noble como el suyo.
Me detuve exhausto ante la parada de autobuses. Otros trozos de imágenes, situaciones que no pude concretar, palabras que hubiese querido decir, galopando en mi mente. Ahora era Claudia, llorando cuando Francesca le dijo adiós, paralizada ante sus lágrimas, ante su inexorable despedida, con sus pálidos labios intentando hablar y sus manos cogiendo las suyas, rogándole con los ojos que no lo haga, que por favor no se vaya.
Qué sobrecogedora escena la de su mano posada sobre su pequeño pecho, como queriendo oprimir su adolorido corazón.
Y sentí un súbito deseo de salir huyendo, de tener alas, alas tan grandes y de proporciones tan dantescas e inefables como las alas del tiempo, y escapar de Fungoverde, escapar de mi país, de mi credo, de mis costumbres y existir en el olvido, junto a él.
Y luego, los deseos dejaron de ser tan poéticos y tuve ganas de escaparme de casa. ¿Y si no vuelvo?, me preguntaba, y las palabras de Alessio me respondían desde el pasado, me sugería que no obrase bajo el impulso del primer arrebato, que suele ser siempre fatal. Y sus ojos sentenciosos, dulces desde el ayer, ahora poseían un brillo extraño, casi virulento: yo sentía enfermar cada vez que los recordaba.
No regresé a casa sino hasta después de tres días. Me hospedé, con el poco dinero que tenía, en un hotel barato y no salí de allí hasta que me hube resuelto a escribir esta pequeña historia. La escribí, por cierto. Sí que la hice… y luego, luego la oculté de todos, porque yo sabía que el único final que podía encajar llegaría años más tarde… no en ése momento, no en éste momento.