jueves, 9 de julio de 2009

Una tarde mía.
La lluvia cae sordamente sobre las tejas de esta casona. Me siento inútil, triste, mustio, falso. Es como si en mi interior lloviera también. Es inefable el hecho de sentirme tan desvalido ante la ausencia de inspiración. Escribir, y escribir. ¿Es esto lo que realmente quiero? Lo que realmente deseos es ser feliz, es ser alguien. Ahora, la felicidad es un concepto abstracto y complicado en mi interior. Encierra fama, recoge amor, incluye soberbia y lujuria y deseos alcanzados.
Es una estrella brillando en un firmamento sin luna; una sola. Tan sólo una. Yo quiero estar allá, en ese cielo. Demostrarme a mí mismo que yo soy único. Tal vez no inmensamente grande, tal vez no inmensamente codiciado. Pero sí único. ¿Qué otra cosa puede tener sentido en esta vida? Uno camina por aquí como en medio de un desierto. Me falta agua pero no tengo sed. Hace demasiado calor, pero no me incomoda. No es un limbo, ni tampoco un infierno. Ni mucho menos el cielo o el paraíso. Y es eso lo que más detesto. ¿Monotonía? Quizás sí, quizás no. Sólo quiero poder dar amor y que me correspondan.
Pero la lluvia sigue cayendo sordamente, estúpidamente. No fuerte. No débil. Ni siquiera un término medio. Nunca es suficiente el hecho de alcanzar lo que uno quiere.
¿Quién dijo que el peor castigo que podemos recibir es la concesión de nuestros mayores deseos? Qué va. Pudo haberlo dicho él, pero pensado otro. Ya nada interesa.
El aroma a cigarrillo inunda esta habitación, obceca mis sentidos pero me recuerda al menos que estoy vivo: que puedo morir, que soy sensible a algo.
No a la belleza; eso ni dudarlo. Si no a ese algo que está allí. Que siempre está allí pero que jamás vemos. Como el horizonte en el campo, como las estrellas titilantes en los claros en medio del bosque; el hecho de que no podamos verlos no quiere decir que no existan.
Pero como también sino los vemos es como si no existieran. ¿Cierto?
Qué más da. La suerte está echada. Las cartas están esparcidas frente a mis ojos y sin embargo no muestran figura alguna en ninguna de sus caras. ¿Está a mi mando? ¿O son mis genes quienes harán mi futuro? Es un carro sin freno; uno no puede detenerse jamás sino hasta que se ha estrellado contra la muerte.
Es el amor insondable, la tristeza enigmática, la soledad reconfortante y aterradora, lo efímero de este día que en unas horas he de sepultar. Los cigarrillos que me he fumado, la sangre ambigua en mis venas: ¿niño u hombre? ¿Debo suponer que hay un término medio? Siempre los he detestado. Como también siempre los he anhelado. Es preferible estar en el medio que en el extremo, como en alguna de las orillas del mar y no en la sima de su profundidad.
Tengo un terror horrible a crecer y no ser nadie; ¿qué diablos seré? ¿Quién diablos seré? Yo, ahora, soy poca más que nadie; poco menos que alguien.
La duda corroe siempre mis huesos, ausculta mis pensamientos, retrocede en el tiempo y avanza inexorablemente hacia el día siguiente.
Sentirme derrotado es suficiente; es mejor a sentirme en medio del triunfo o del abatimiento.
Pero, ¿de veras un ser como yo es capaz de amar? ¿A quién amo en este momento? ¡A nadie! Ni una seña de añoranza por personas, ni un rastro de amor hacia alguien.
Más bien lo que amo son los momentos que ya no están, añoro los instantes que he vivido con una melancolía tan sórdida y demoníaca que me obliga a imaginar un sol sin fuego, un cigarrillo consumido, el tic-tac inexistente de un reloj sin manecillas, el fuego del sol ardiendo en un corazón gélido pero delirante.
En fin, un mundo sólo como el que puede albergar un corazón como el mío.
No soy nadie, es cierto. Pero quisiera ser alguien.
Y al final, sino puedo ser alguien me bastará por completo quedarme como nadie; ser nadie también puede ser divertido,
Uno puede vivir a sus anchas, a sus costumbres dantescas, en su mente de diantre.
Uno puede exisitir hasta en los rincones negados a todos, hasta en la noche de las sombras del día. Y en fin, ¿no es acaso eso un tipo de soledad? Yo amo la soledad. La amo como un adicto ama la cocaína; podría vivir mejor sin ella pero es imposible y desesperante permanecer lejos.
En fin, siempre me ha bastado con cerrar las cortinas de mi mundo y olvidarme de todo aquello que no me pertenezca. Soy egoísta, porfiado, derrochador. Poco inteligente. Poco agraciado. Y tengo la dicha de regocijarme en mis defectos. ¿Es ésa una virtud? Gastaré los pocos centavos que me queden de conciencia y los gastaré en intentar saber más, en querer comprenderme, en querer abrir un segundo más aquellas cortinas y echar un vistazo al exterior.
Pero me aburre.
Nunca estoy a gusto por mucho tiempo con nadie. En ningún lugar. Con ninguna persona. ¡Ni siquiera conmigo mismo!
Es eso lo peor. Pero, ¿es acaso también otra virtud?
Necesito ser escuchado, pero ¡ni siquiera yo puedo soportarme!
Siempre he detestado la mentira, la he odiado, la he repudiado. Pero de haber una madre más gestante ésa sería yo. Nace en mi corazón, crece en mi cerebro y las envío a vivir con el resto de seres humanos.
Sucio, desordenado, desabrido, insulso, malo.
Bueno, sí, para reconocer los errores. Y eso sí que no es una virtud. Si pudiera engañarme a mí mismo todo sería excelente. Y es posible, sí. Por eso todo parece marchar falazmente bien.
Yo, el amo de la desdicha anhelada. De la tragedia sobrecogedora, de la catarsis en los corazones que no me pertenecen. Dueño, amo, rey y señor de las tormentas más profanas y demoledoras, de los infiernos más abominables jamás natos ni siquiera aún en las mentes de los mismísimos demonios, padre de la desventura, dueño de un corazón prodigioso y capaz de amar la soledad.
¡Yo, todo eso! ¿En verdad es bueno ser lo que otros esperan de uno? Siempre lo he intentado, pero infructuosamente.
Uno siempre quiere más, ésa es mi perdición. Debí haberme marchado a un lugar lejos de mí mismo, donde nadie pueda ayudarme, donde pueda yo ser el que nunca quise ser: yo mismo.
Yo, el hijo negado de mi conciencia. El bastardo de mis sueños de sabiduría, fortuna, fama, alegría, orgullo y prejuicio. Yo, el que entrega monedas a los pordioseros sin esperar que Dios me lo reponga en ese cielo ignoto y quimérico, ¿en serio puedo ser tan malo?
Dímelo tú, demonio que habitas en mi interior, ¿puedo realmente pertenecer a tu continente? Yo te diré la verdad: a nadie diablos le importa. ¡Ni siquiera a mí! ¡A mí que las cosas más importantes demudan nimias y execrables! ¡Yo, que me entristezco y lloro ante la absurda vista de la espalda de un gato mirando absorto el caer de la lluvia por la ventana! El que se atribula ante una nube solitaria, el que llora cuando alguien es dadivoso y bueno.
El que se entristece cuando la gente a su alrededor está siendo tan inmensamente feliz.
En verdad, sí puedo ser muy malo.
Y tan bien inmensamente bueno.
Y cuando digo bueno algo me punza la conciencia. Me acaricia las sienes con unas manos etéreas, con unos dedos impregnados de electricidad.
Soy yo, definitivamente, el que ha cambiado mi mundo. Lo he descubierto, lo he recalentado. Ha desaparecido y vuelto a recalar. Es un ciclo como el de la vida y la muerte.
Como la calma después de la tormenta…
Es un veneno que circula por mi sangre, que se pasea por mi mente.
Que bombea ácido a mi corazón.
Ciertamente estoy muriéndome por seguir permaneciendo solo.
¡Pero quiero compartir mi soledad con alguien más! No es divertido si nadie lo ve, ¿verdad? ¿Es eso también egoísmo? ¿O sólo es mi alma siendo ella misma otra vez?
No, no es divertido. A mí me gusta divertirme, aunque sea a expensas de la desdicha.
Me reiría hasta de la estupidez de mis errores. Y lloraría por mis logros alcanzados, que no son muchos, que son muy pocos, que en verdad no tengo ninguno.
Y la imagen de la lluvia inundando mis sentidos es otra vez la misma que del infierno derritiendo los corazones gélidos de los hombres malos. Yo, sí. Yo puedo ser bueno.
Yo quiero ser bueno. Siempre lo quise. Siempre amé a los santos cuando la conciencia me lo permitía. Alguna vez soñé con tocar el cielo, con besar la mano sagrada de dios. Con ganarme su mirada impoluta, con besar sus labios santos.
Y con conseguir la hegemonía sobre todos los favores celestiales. En ser santo también, en ser amado por él también y he aquí de vuelta mi fanático egoísmo, mi alma tortuosa como el azulado humo de un cigarrillo.
Y, en honor a la sinceridad, pienso que yo no podría ser tan bueno, queriéndolo todo para mí, pero para compartirlo después. Y de verdad, yo no puedo ser tan malo. ¡Si yo te amo a ti, a ti y a ti! Tú, el de las manos sucias, el del cabello mugriento, la de la niña pobre y malytrajeada en tus brazos, la del nombre insigne de pobreza y desgracia! Y a ti también ladron de esquina, tú el del saco negro, el de los dientes bien cuidados, el del cabello bien peinado. El de los ojos azules, el del cabello rubio!
¿Puedo ser tan malo ?
Sólo quiero sentarme a escribir, pero algo tan realmente bueno . Yo siempre quise ser bueno. Lo sé porque soy egoísta; quiero la bondad para mí solo.

1 comentario: