martes, 21 de julio de 2009

La Etiqueta Fucsia - 1era Parte

Ayer soñé con el holocausto de mis sueños. ¡Cuán cáustica resultó ser la realidad! Se quemó el disfraz y la máscara se demoronó ante mis pies desnudos, ateridos del frío de la verguenza. Ignominia hasta en las lágrimas del cielo, lo sé. Disculpa, querida mía, mi compañera, mi querida hermana. Vi tus ojos negros tornarse manantiales de lágrimas en mis pensamientos y tu boquita de niña risueña, tu pequeño rostro de inocencia corrompida me mordió el alma con dientes dantescos y dolorosos. Una imágen de barro, cierto. Como que de polvo estoy hecho y nada que no sea real durará para siempre... nisiquiera la misma realidad. Es una noche oscura y tú no estás conmigo... en fin, tienes una vida de 18 años florecientes, de incipientes emociones ajenas a mi realidad... ¿crees eso, cierto? Vi el répelus através de tu ojos...pero lo supiste domeñar como sólo tú sabes hacerlo. Y me dijiste que me querías, que yo era tuyo. Que nada cambiaría entre nostros. Pero, ¡oh, cielo! ¡Oh, pergamino de los ángeles y sus trompetas doradas! ¿Cómo describir la magnitud de la tristeza en sus ojos negros? Es inefable el hecho de que la conciencia corra por mis venas como el veneno de aquella noticia fluyó por tu cerebro. He planeado no hablar de esto, hacer de cuenta que para mí es como en realidad sucede: un suceso irrelevante, una etiqueta morada pendiendo de las solapas de mi abrigo. Una etiqueta fucsia. Entonces dime, pequeña mía, adorada mía, hermosa mía... ¿es esto lo que esperabas? ¿Debí haber sido lo que todos esperaban de mí? Las plantas han crecido hermosas hasta hoy... hasta hoy que nos dimos cuenta que sus raíces crecieron sobre el fango del muladar. Ahora que el sol brilla con más fuerza, hasta nos parece que es tenue, que siempre fue débil, que la vida tiene unos pies enormes y un batacazo suyo es una traición como la mía. Sí, una traición. Yo te amo, hermana, te adoro. Pero la noche me aplasta y mi sangre hierve bajo sus enormes pies.
Duel, duele como nunca. Pero más lastima saber que el dolor es pasajero, que yo lo superaré, que ya lo superé. ¡Dios, que sus ojos negros no vuelvan a atisbar mis entrañas! Arderán con el fuego de mis misterios y los fluidos ácidos de mi interior derruirán mi imagen ante sus ojos. Negros como la noche misma, noche como sus ojos mismos.
Libérate, tesoro, de las ataduras de tu mente y mírame con indiferencia, con pulcritud, con asco a la indiferencia y siente la realidad de mi vida... yo ya lo hice y créeme... LO SIENTO.

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