Ah... y luego aquel asunto de Europa, la raptada por los minoicos, teniéndote en su seno y albergando el vástago que tus entrañas guardaron. Lo siento por ti, querida mía, lo siento mucho por ti. Yo mismo oí tus gemidos lamentarse de la noticia y a través del aire sentí el frío de tu corazón. Era gélido como el continente de los muertos y lacerante como la piel de un puercoespín. Y sin embargo, me vi tentado a abrigarte y acariciarte y a sopesar la gnosis impoluta de tus cuarentaytantos años de vida. Viviste más. Alguna vez me djiste que la vida te quedaba corta. Y yo quise aferrarme a esa idea. ¡Pero mis dedos deslizron hacia el abismo de la verguenza! ¡VErguenza! Yo, que te amo tanto y que recuerdo nuestros momentos como el sabor dulce de una gran cucharada de miel. Esos días de caramelo y de contexturas de satén y algodón. Méceme en mis recuerdos, oh Dios del tiempo, y hazme olvidar que he crecido, que alguna vez yo fui grande, que nunca puedo volver al ayer salvo a través de sus ojos negros y de su risa jovial, de su gargante eterna y de su talle alto... las amo, y las amo y las amo. Pueden odiarme... las quiero tanto que se los permito. Pero eso si, tesoros mío... nunca, aunque tengan que mentir, me digan que han dejado de quererme... porque yo lo aceptaré y mi vida será normal y yo les aseguro que nunca he deseado una vida de ese modo.
Con cariño,
Andres
martes, 21 de julio de 2009
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