Pero, muy alejada de todos aquellos sucesos, la historia debió verdaderamente culminar allí, con nuestra amistad destruida y la tranquilidad de un suburbio alborotado por unas muertes consecutivas. Y no pasaron muchos días antes de que Francesca se marchara también de Fungoverde. Apareció una tarde, en casa, mientras nosotros cenábamos. El timbre sonó y Claudia fue a abrir. Nadie interrumpió el silencio, nadie osó a despojar al mutismo que desde hacía semanas estaba arraigado a la mesa familiar. Ya era una costumbre la carencia de diálogo, de tal guisa que en la casa se había implantado la costumbre de oír solamente al silencio, a sentirlo como una esfera pesada, sobrecargada de tensión. Si algo apremiante tenía que decir era a mi padre a quién recurría; yo, a mamá, no le dirigía la palabra. En el fondo, sabía que ella era la culpable de desencadenar toda la desgracia. Y Claudia, mi querida Claudia, comprendía mis motivos, yo lo podía sentir. Ella no lo había superado aún; a menudo la encontraba sollozando en su habitación, pero cuando me veía aparecer era como si de pronto adquiriese el valor suficiente para consolarnos a ambos. A veces, si papá pretendía lograr una conversación, rápidamente se percataba de que le sería imposible hacerlo, porque las caras eran máscaras de sombras, eran expresiones iracundas o miradas divagando. Yo advertía la rareza en su extraña reacción: generalmente él hubiese dado un sopapo a la mesa que hubiera hecho zumbar a la casa entera y, acto seguido, hubiese no sólo pedido, sino exigido explicaciones. En cambio, se mantenía al margen de los problemas y yo desconocía los motivos, motivos que me interesaban muy poco, en realidad.
La puerta se abrió, entonces, y yo creí sentir su suave perfume cuando ella traspasó el umbral. La vi desde el comedor, parada en medio de la sala, su piel iluminada por la cálida luz amarilla de una lámpara de piso, acariciando con sutileza las mejillas de Claudia. Estaba visiblemente emocionada, con lágrimas en los ojos. Fue breve, en su despedida, y eso me causó muchísimo dolor.
Saludó cuando entró y pidió disculpas por su inoportuna visita. Mamá no le respondió el saludo, pero mi padre se mostró entonces el doble de atento. Se limpió la boca, colocó la servilleta en la mesa, se puso de pie y la invitó a sentarse para comer algo. Pero ella rechazó la invitación alegando que disponía de muy poco tiempo.
—He venido a despedirme —dijo por fin, cuando vio que mi padre no cesaba en sus esfuerzos por retenerla. Ahora estaba de pie, en la cocina. Pude imaginar sus muslos temblando de miedo, intentando sostener la resolución que su mirada blandía, como si fuese a lo único lo que su ser entero pudiera aferrarse para mantenerse enhiesta. Yo alcé la cabeza, como herido por un rayo. Miré a Claudia, que se había llevado una mano a la boca y me miraba aterrada, luego la miré a ella.
—¿Qué cosa has dicho? —pregunté, sintiendo un incipiente retorcijón en las tripas, consciente del vacío que iba creciendo en mis entrañas.
—He dicho que vine a despedirme, Danyael —repitió ella, sosteniendo temblorosamente la mirada, y yo me puse de pie, como si alguien hubiese tirado de mí. La llevé hasta la sala, casi halé de ella. Entonces vi el dolor que reflejaba su rostro, un dolor desmedrado, sobrenatural, que amenazaba con destruir la perfección de su carita: una muñeca enojada, una faz de muñeca jamás creada; una muñeca que ahora ostentaba sólo eso: dolor y más dolor en lo inmaculado de su piel. Sus ojos castaños, su cabello rubio, el color de sus mejillas, toda ella arrebatadoramente hermosa viniendo a despedirse de mí, y aquella expresión de tristeza, un dolor profundo que hacía entornar sus ojos.
—¿Por qué? —fue lo único que alcancé decir, como si replicase una idea absurda. Fue como recibir un duro golpe en el estómago.
—Mamá lo dispuso así.
Pero entonces ella comenzó a llorar a lagrimones. Me abrazó, me abrazó con mucha fuerza, apoyó su cabeza sobre mis hombros, su mentón en mi espalda y me explicó que ella no quiso venir a despedirse, pero que sabía que yo detestaba más una partida no anunciada que una despedida dolorosa. Y luego de incorporarse, después de decir adiós a mi padre y a Claudia, me pidió que la acompañara hasta la puerta, y luego hasta el muelle, en donde solíamos caminar contentos, sabiondos y pletóricos de felicidad, de dicha, de unos días exentos de los pormenores execrables del futuro. Durante un rato estuvimos andando por la plazuela, cogidos de la mano. Y luego se detuvo y nos sentamos en el escueto asiento de madera.
—Aquí es donde los vi por primera vez —dijo luego de un largo silencio, sin poder suprimir su llanto. Yo estaba petrificado, viviendo el nudo que aprisionaba mi garganta. Y era cierto, fue allí donde nos vimos por primera vez. Ella, un ángel perverso, la belleza de mil ocasos, de mil estrellas juntas, de toda una creación reclusa en unas mejillas frescas, en unos ojos ahora tiernos… toda ella, incluso yo… ninguno de los dos pertenecíamos al presente; habíamos sido expulsados de aquel paraíso hacía mucho tiempo, habíamos abandonado bruscamente el hoy, de tal manera que ella ahora era el pasado, era el ayer, al igual que Alessio, y ambos mirábamos atrás, ahora que la despedida se hacía eminente, porque el camión de mudanza se llevaba sus cosas y el llamado de su madre se hacía apremiante.
—Por qué… —volví a preguntar, y estaba vez no pude contenerme. Ella se había puesto de pie y yo había caído de rodillas, abrazándome a su cintura, llorando la furia de mil mares, de mil tormentas, también, preguntándome por qué había sucedido todo aquello si nosotros éramos tan felices, tan buenos…
—Voy a extrañarte, Danyael —aseguró, mientras me acariciaba los cabellos. Y las lágrimas seguían manando de mis ojos… casi podía contemplar en mi mente la mano del destino sosteniendo un afilado cuchillo, partiendo lentamente nuestras vidas, bifurcando el camino de nuestros sueños… adiós, mi querida Francesca, le dije, pero ven, quiero darte un último beso. Deja que atrape en ese gesto todas las sensaciones del tiempo de gloria que un día nos tocó vivir. Deja que tu olor quede impregnado en mis sentidos, que el color de tus ojos, de tu cabello, de tu tez, sean ahora el recuerdo más colorido al que pueda asirse mi vida… te amo, Francesca, te amo demasiado, pero es momento de partir, ya… calla…calla… shhh… ahora no me expliques el por qué, el a dónde, el cómo, siempre estaremos en contacto, en un falso contacto…. Eso sí, cariño, querida, hermosa mía, ángel mío, llévame en tu corazón, por favor, que yo haré lo propio: recuerda que es la única forma de saber que todo lo que vivimos en verdad fue real, que un tiempo existió, un tiempo el amor fue el corazón de nuestros días, fue la sangre que corría por las venas de nuestros vidas entrelazadas…
Y ella gemía, su voz parecía fluir de unas negras nubes sepultadas en su corazón:
—Voy a extrañarte, Danyael… voy a extrañarte…
Su madre gritó su nombre y ella se puso en cuclillas, también, y me dio un beso en los labios. Luego me miró con ternura, siendo consciente, tal vez, de que aquella sería la última vez que nos veríamos tal y cual éramos: un par de niños que alguna vez jugaron a creer en el amor. El carro de mudanzas partió primero y después ella se subió al auto de su madre. Abrió la puerta y, desde allí, me dijo adiós con la mano. Y luego, cuando se marchó, yo me quedé llorando en el banco de madera, sepultando mi cara entre las manos, respirando muy hondo de vez en cuando, cada vez que sentía que el llanto podía amainar. Pero no se detuvo, mi llanto no pudo detenerse. Corrí hacia la casa de Francesca, al costado de lo que fue un día la casa de la señora Katzenbach. ¿Socorrerá ella a Alessio si algo le sucediese en el cielo?, pensé, y condené la puerilidad de mis pensamientos. Y luego corrí hacia el muelle, en medio de la noche silenciosa, de una noche de semana, y me tendí en la superficie de madera y la golpeé con furia, con una devastadora ira que pretendía pulverizar los rezagos de mi razón. Si alguien me hubiese visto habría pensado que estoy loco, que soy esquizofrénico. ¡Y sus sentencias se acercarían con vértigo a la realidad!
Ahora estaba solo, completamente solo. ¿Es así como se sienten los que pierden la fortuna que una vez poseyeron?, me pregunté. Yo tuve la mayor de las riquezas: puedo decir con orgullo que el amor fue una condición seglar en el tiempo de mi juventud. Y que luego se me fue lentamente de las manos, pensando que debía decirme en mis entonces fantásticos: “esto es demasiado bueno para ser cierto”.
Y luego me alejé del muelle en dirección a la casa de Giuliano, casi corrí hacia ella, primero con pasos presurosos, luego con una prisa indisimulable y, al final, me encontré en una loca carrera, como si pretendiese ganar a la misma vida, al mismo sino, al mismísimo vaivén de la vida y la muerte, de las decisiones y del azar…
Qué solo me quedé entonces. El corazón se me partía lentamente, yo agonizaba de dolor. Miré las calles con una extraña sensación de extrañeza: yo, ahora, ya no pertenezco al presente, me dije. Mi vida, mi verdadera vida, pertenece ahora a un pasado muy cercano, cada vez más lejano, cada segundo más tenebroso... mañana, quizás, sea, como alguna vez me dijo Alessio: una simple añoranza.
Y en mi huida podía percibir el aroma de Francesca cuando la abracé por última vez, sus manos arrugando la ropa en mi espalda, sosteniéndose con desesperación de mi cuello, y su voz trémula diciendo que va a extrañarme, diciendo, también, adiós con las manos, y con su carita desmoronada y convertida en un tierno rictus de llanto.
Y luego, Alessio y yo sentados en el muelle, abrazados ante la luz de la luna. Qué tal par de locos enamorados, quizás hubiera dicho la luna, si tuviera ojos y boca para expresarse. Pero, al contrario de eso, parecía ser nuestra cómplice, una excelente amiga en los momentos de intimidad: nos regalaba un claro de luna que hacía excelsas nuestras veladas, que resplandecía temblorosamente sobre el lomo perfectamente oscuro del mar. Qué enfermos, nosotros dos, contemplando el ocaso, el sol desapareciendo por el horizonte, dejando rastros de sangre dorada, de rayos decrépitos que, entre las nubes vespertinas, parecían dedos moribundos aferrándose desesperados al último instante de vida reinante, dejando también, en su trayecto de muerte, matices violáceos en los contornos de algodón, en el azul pálido del cielo. Hasta que, de pronto, las estrellas iban tomando forma, la luna iba tomando forma por encima de los difuminados colores: un azul oscuro, una negra oscuridad, una noche que engullía el día con unas fauces tan profundas y negras, siempre eso, negras, y casi advertíamos los entresijos de aquellos colores como unos dientes afilados, una boca macilenta que se cerraba hasta que otra vez gobernaba ella, la noche, y la luna iba cobrando brillo, iba cobrando vida, también, mientras él, con su aliento bañando mis narices, obcecando mis sentidos con el fuego de su pasión, me decía te amo, y yo me transportaba al universo, ardía como el sol, colgaba del ocaso como las estrellas, mientras saboreaba la gloria que significaba reinar en un corazón tan noble como el suyo.
Me detuve exhausto ante la parada de autobuses. Otros trozos de imágenes, situaciones que no pude concretar, palabras que hubiese querido decir, galopando en mi mente. Ahora era Claudia, llorando cuando Francesca le dijo adiós, paralizada ante sus lágrimas, ante su inexorable despedida, con sus pálidos labios intentando hablar y sus manos cogiendo las suyas, rogándole con los ojos que no lo haga, que por favor no se vaya.
Qué sobrecogedora escena la de su mano posada sobre su pequeño pecho, como queriendo oprimir su adolorido corazón.
Y sentí un súbito deseo de salir huyendo, de tener alas, alas tan grandes y de proporciones tan dantescas e inefables como las alas del tiempo, y escapar de Fungoverde, escapar de mi país, de mi credo, de mis costumbres y existir en el olvido, junto a él.
Y luego, los deseos dejaron de ser tan poéticos y tuve ganas de escaparme de casa. ¿Y si no vuelvo?, me preguntaba, y las palabras de Alessio me respondían desde el pasado, me sugería que no obrase bajo el impulso del primer arrebato, que suele ser siempre fatal. Y sus ojos sentenciosos, dulces desde el ayer, ahora poseían un brillo extraño, casi virulento: yo sentía enfermar cada vez que los recordaba.
No regresé a casa sino hasta después de tres días. Me hospedé, con el poco dinero que tenía, en un hotel barato y no salí de allí hasta que me hube resuelto a escribir esta pequeña historia. La escribí, por cierto. Sí que la hice… y luego, luego la oculté de todos, porque yo sabía que el único final que podía encajar llegaría años más tarde… no en ése momento, no en éste momento.
martes, 26 de mayo de 2009
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