domingo, 26 de julio de 2009

Yo era un ángel antes de tener mi vida y quise conservar el raciocinio que implica tan preciosa condición. Pero la vida me marcó con su sello dorado y me agradó ser ditinto. No, más bien al contrario. Me desagradó en demasía, a tal punto que he llegado a adorar mi instinto aninmal, el lado no-divino que poseemos nosotros, los hombres. Y es tan sabrosamente aterrador que el miedo que me causa ser yo mismo me produce una sensación placentera, casi amarga, como el resabio de una enorme copa de miel acariciando mi garganta...
Es tan tierno ser negado, es tan perfecto saber que la aceptación sólo recaiga sobre una máscara pendiente, un antifaz vibrando sobre la piel fría de mi rostro.
Dios y sus angeles me tienen envidia, porque nadie se ha a atrevido a amar lo que debe detestarse. Ni siquiera ellos mismos. ¡Dios y los ángeles! Benditos mil veces los anatemas que recaigan sobre ustedes. Me sabrán deliciosos los berrinches que engendren con sus argucias sentimentales y las rabietas gestadas desde sus corazones divinos: aquél, tú, sí, el de la máscara lila, aquel del corazón aguerrido, de los ojos escrutadores, el del alma cobarde y porfiada. Demuéstranos el tesón que tienes para recurrir a lo perdido: demuéstrame que amas tu inocencia marchita, tu inocencia mustia, tu inocencia jamás nata aunada al hecho de tu conciencia floreciente, tan bella por el hecho de ser incipiente, como una poesía siendo arrojada a borbotones del corazón oscuro de un poeta...
Disculpas otra vez, por ser yo mismo, queridas mías. Son deyecciones perfumadas con el aroma de las letras. De otro modo, yo no podría expresarme.
Las amo, de nuevo,
Andres

2 comentarios: