Hace calor y yo lo adoro. He visto su rostro cansado, sus ojos pequeños, su cabello erizado y sus facciones largas y lo he vuelto a adorar. Cada gota que suda su frente me incita a amarlo una ración más. Pero hice un alto al fuego: mi mente ahora exuda sangre, sudor y lágrimas. ¡Cuánto dolor! Casi puedo ver al tiempo escurriéndoseme por entre los dedos. Decir que fue ayer, me duele. Que será mañana, me angustia. Ahora el año pasado, quizás el próximo año. ¡Cuánto dolor! A veces quisiera poder detenerlo, cogerlo por sus alas como un niño cogería una mariposa. Y lo despojaría de ellas. Entonces, yo viviría en un mundo atemporal. Me imagino un árbol que nunca crece, que nunca muere. Que sus frutos son perennes como diamantes forjados por el mismísimo Dios. Pero, ¡Dios, qué hermosa es la luna aquí! Tiene un halo que refulge con el ímpetu de un muchacho de veinte años. No importa su edad, no importa si es más vieja que tú. Mira su luminosidad, como chorrea claros sobre los bosques oscuros, como regala parangones a los poetas amantes. Y las estrellas, las estrellas… ¡Qué decir de ellas! A veces juego a unir los puntos con mis dedos, a veces juego a amarlas más que al sol y al cielo azul. Este cielo que tanto adoro, impoluto en su grandiosa y contaminada vastedad. Ahora zumban los mosquitos y quiero chuparles la vida. Quiero tener su animosidad, estar revoloteando como sólo ellos pueden hacerlo. Quiero chuparme la vida entera y devorar incluso mis ansias de saber. Quiero que nada me quede entre los dedos y decir al fin de cuentas, cuando presienta que la hoz de la negra acaricie mi garganta: “he vivido… ¡Dios, que he vivido!” Entonces exhalaré mi último aliento y no me importarán el cielo, el infierno y la nada. ¡Pero he visto su rostro, he visto sus deseos de seguir viviendo! Es mi padre, ¡cuánto lo amo! Tiene unos ojos negros, pequeños y dulces como caramelos. Nunca los ostenta como lo que son: unos ojos tiernos. Sólo cuando me dice te quiero y cuando me mira y siento que de algún modo se identifica conmigo. Entonces es cuando siento que el amor fluye no sólo a través del abrazo paternal, sino también a través de esos ojos. Casi puedo olerlo… Y yo me desmorono. Los juicios sobre él se desvanecen y siento que le pertenezco. Yo siempre voy a pertenecerle. ¡Cómo no! Ahora es otro año y me duele ver lo que veo. A veces, quisiera saberlo todo y no comprender nada; da igual, siento placer. El conocimiento me produce placer. Y la gente a mi alrededor se envejece, envejece a costa mía. Yo me hago más joven; ellos, más viejos. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Cuándo será el día en que la vida me diga “hoy me conocerás”? Y lo más importante, ¿cómo será? ¿Me desplomaré ante la realidad como me desplomo ante la presencia de una pintura bonita o de una melodía electrizante? Le patearé el trasero y le diré: yo soy inmortal. En el último suspiro me aferraré a la conciencia y viviré. Mis etéreos contornos se asirán a la tierra porque yo amo a la tierra. No quiero ser divino: no quiero ser un ángel. Vuelvo a decir que amo a la tierra. Y también quiero comérmela.
jueves, 11 de marzo de 2010
miércoles, 7 de octubre de 2009

¿Por qué yo, por qué yo?? Quién quiere dientes en su conciencia, quién quiere el frío calando la médula de sus huesos. Aterido y atemperado a un clima que hace hervir mis entrañas. Hiervo de frío, hiervo de frío. Y la realidad se mofa de mis asuntos y me escupe en la cara. Otra vez las preguntas existencialistas han recalado y danzan estrepitosamente sobre la superficie roída de mi corazón. Bajo al infierno a buscar ayuda y el diablo se ha ido de paseo. ¿Dónde está el mal, entonces, que tanto creí dominar? Dios es bueno, infinitamente bueno. Pero mi alma negra está perfectamente pulida con la cera de su justicia. Cada quién tiene lo suyo y mi conciencia está pagando mis deudas. ¿Por qué precisamente ella? Dios debería perdonarme, hacerme fluir por entre sus bendiciones. Quiero arrepentirme de mis procacidades, quiero interferir en mi propio destino. Y sin embargo, mi boca gesta atrocidades y mi vida se mece en los lindes de la inconsciencia. Otro, otro, otro más y la soledad se hace más dantesca, terriblemente placentera y yo sigo deseando otro cigarrillo. Quiero fundirme en ese humo azulado, quiero que me estrechen contra el suelo y me den un fuerte pisotón y que apaguen el fuego de mi conciencia. ¡Me quema, me quema, me quema!!!!!!! Quiero ir, quiero huir, quiero difuminar mis contornos y perderme en mis ansias de conocimiento prematuro. ¿Qué importa si la verdad es más grande que mi capacidad de comprensión? Mi capacidad de asombro me resta, me basta, me sobra. Aquí hablo yo, el que se admira del color de una moneda brillante y de la magnificencia de unos ojos hermosos. Miro la grandeza de un grano de arena y no hay diamante que le tenga parangón. Ardo, ardo como es debido… ¿anda, demonio? El demonio salió a pasear, fue a visitar a su novia, la muerte. Y ella, por lo que me he enterado, le ha mandado al diablo. Le ha escupido en la cara su dulzura, sus capas enteras de bondad y piadosa contextura. Y él me ha llamado, por eso he venido. Él se siente solo, él está tan solo como yo. Sólo que él no lo disfruta, él arde en millares y millares de ciudades en ruinas con la compañía de almas grotescas, impías, tan estúpidamente incompatibles con su capacidad de comprensión.
Pero que venga Dios, se siente en mis rodillas y me explique por qué, cuando menciono su nombre, algo en mí se retuerce, como cuando aplican sal al lomo flemoso de una sanguijuela. ME duele su nombre porque todavía lo amo: amo el hecho de haberme abandonado en mis primeros pasos y de haber escupido en la cara, como la muerte escupió la cara de diablo. Y mis filosofías de vida fueron las mentiras y mi cuna ha guarnecido las desgracias de una muerte incruenta, de una conciencia cuyas deyecciones han sabido suplir a la perfección el cerebro vil, humano, vilmente humano que he debido tener.
No quiero detenerme: son mis dedos grandes cañones y por ellos yo disparo la mierda más exquisita, la pólvora más apestosa. Quiero ver las curvaturas de la vida, quiero ver la grandeza en los ojos de la gente. Quiero comprenderlas, quiero amarlas, quiero vislumbrar en sus caminos el fuego que corroe mis entrañas, los dientes afilados y perforadores que posee mi conciencia. Pero dios no existe, dios no existió: ha muerto cuando mi conciencia dio un mordisco a mi corazón.
Y aquí va de nuevo los sentimientos excelsos de la literatura. Subo, bajo. Me alzó, camino enhiesto y observo con altruismo las desgracias perennes ceñidas al cinturón de la vida. Me duele, me duele, quiero ser yo mismo y, cuando lo logro, me doy cuenta de que jamás puedo lograrlo: yo mismo no soy yo mismo. Yo soy otra persona, alguien cuya amistad pertenece a lo bueno y esto ha logrado engañar a su cerebro. Mi cerebro, ese órgano palpitante que eriza los vellos de mi nuca, que despierta una erección cuando el cuerpo bien torneado de la vida me dice que las circunstancias escupen azufre… y que eso debe agradarme. ¿Dónde está Vivaldi y su invierno? ¿Dónde está Guido Reni y la cabeza de su Cristo crucificado? Yo se los diré: están en el infierno. Allí, el diablo no es indiferente: su astucia le prohíbe ser una bestia. Más bien Dios ha sido quien ha soslayado la capacidad de los humanos. Unos gusanos que él abandonó millones y millones de temporadas atrás y que ahora son mariposas hermosas: ciertamente, no todas. Una que otra millonada de polillas asquerosas y escalofriantes pero que, a su vez, resaltan la belleza de las alas de las otras. Él sí que escatimó sus centavos de conciencia pero ahora, cerca del fin del mundo, y como él inspiró al pescador iletrado a escribir un libro voluminoso, como él dio a luz unos ojos otrora ciegos, así ahora me río del génesis impío y mi demonio ha creado un nuevo infierno: bienvenido seáis, dios mío, ven i convierte lo irrisorio de esas mariposas en la tragedia que a tus hijos les gusta germinar. Convierte mi vida en un sacrilegio, mis diversiones en pecados y frustra mis deseos de salir de mi credo. Tú te divertirás; yo, te lo agradeceré.
jueves, 27 de agosto de 2009
Yo, de nuevo

Que la nada se esfume y me deje solo. Ya nada basta para complacer mis ansias de soledad. ¿Quién sabe qué es el mañana? Vendrá y será el hoy y no tardará en ser el pasado. Mira mis espaldas y otea sus contornos alados. ¡Estoy volando! ¿Quién dijo que nadie puede viajar en el tiempo? Lo hago todos y cada uno de mis días y, créanme… atrás y adelante es todo igual. Uno podrá ver más cosas y saber más y jamás será suficiente el hecho de conocer tanto puesto que la comprensión no es algo inmanente a la noción. Unas ansias demoledoras aplastan mis instantes. Estoy sumamente nervioso. ¡Ese soy yo! Nada me alcanza, todo me sobra. Podría prescindir de la vida pero jamás de las ganas de vivir. ¿Es comprensible? No lo creo, lo pongo en duda. No obstante, está aquí, en mi pecho, latiendo con una avidez loca, como si la idea pudiese ser tan descabellada como para pertenecer a la realidad… pero dale, suena Vivaldi y que la tensión de tu violín me lleve hasta el límite, que me muestre sus contornos umbrosos. Yo sólo quiero ser yo, ¿es tanto pedir? Estoy convencido que sí, nada más difícil que eso.
Hace poco conocí el amor y me pareció tan abominable. Uno hesita entre entregarlo todo y ceder nada. Yo soy egoísta, ellos me creen inteligente. ¡Inteligente! ¡Bah…! Pero lo he visto y su risa es un relieve hiriente en la superficie de mi conciencia. Quiero verlo de nuevo, quiero que sea mío. Pero nada tan difícil como ser yo mismo y eso… eso ya es pedir demasiado. ¿O me equivoco? Por qué, entonces, cuando me habla, siento que yo no soy yo, siento que es el momento perfecto, que sólo la nada puede ser mejor que esto… que sólo el caos puede gestar algo tan excelso y prodigioso. ¡Mayestáticos! Sí, es eso lo que son. Esos ojos son mis dueños. Debo mi lengua a su existencia. Una delicia terrenal alada con plumas de miel y una risa tan suave… es un candil ardiendo con aceite de amor. Y cuando respira y cuando suspira… ¡Oh, demonio! Qué bordes tan suaves tienen sus labios y la magia de su encanto es un puñal lubricado con magia. ¡Magia! Yo nunca creí en ella. Para mí todo tiene una explicación. Sin embargo, si la desconozco es como si no la tuviera. Da lo mismo. De todos modos, ya he renunciado a las ganas de comprenderlo todo.
domingo, 26 de julio de 2009
Es tan tierno ser negado, es tan perfecto saber que la aceptación sólo recaiga sobre una máscara pendiente, un antifaz vibrando sobre la piel fría de mi rostro.
Dios y sus angeles me tienen envidia, porque nadie se ha a atrevido a amar lo que debe detestarse. Ni siquiera ellos mismos. ¡Dios y los ángeles! Benditos mil veces los anatemas que recaigan sobre ustedes. Me sabrán deliciosos los berrinches que engendren con sus argucias sentimentales y las rabietas gestadas desde sus corazones divinos: aquél, tú, sí, el de la máscara lila, aquel del corazón aguerrido, de los ojos escrutadores, el del alma cobarde y porfiada. Demuéstranos el tesón que tienes para recurrir a lo perdido: demuéstrame que amas tu inocencia marchita, tu inocencia mustia, tu inocencia jamás nata aunada al hecho de tu conciencia floreciente, tan bella por el hecho de ser incipiente, como una poesía siendo arrojada a borbotones del corazón oscuro de un poeta...
Disculpas otra vez, por ser yo mismo, queridas mías. Son deyecciones perfumadas con el aroma de las letras. De otro modo, yo no podría expresarme.
Las amo, de nuevo,
Andres
miércoles, 22 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
La Etiqueta Fucsia - 2da Parte
Con cariño,
Andres
La Etiqueta Fucsia - 1era Parte
Duel, duele como nunca. Pero más lastima saber que el dolor es pasajero, que yo lo superaré, que ya lo superé. ¡Dios, que sus ojos negros no vuelvan a atisbar mis entrañas! Arderán con el fuego de mis misterios y los fluidos ácidos de mi interior derruirán mi imagen ante sus ojos. Negros como la noche misma, noche como sus ojos mismos.
Libérate, tesoro, de las ataduras de tu mente y mírame con indiferencia, con pulcritud, con asco a la indiferencia y siente la realidad de mi vida... yo ya lo hice y créeme... LO SIENTO.