jueves, 11 de marzo de 2010

Síndrome de Navidad antes de la media noche

Hace calor y yo lo adoro. He visto su rostro cansado, sus ojos pequeños, su cabello erizado y sus facciones largas y lo he vuelto a adorar. Cada gota que suda su frente me incita a amarlo una ración más. Pero hice un alto al fuego: mi mente ahora exuda sangre, sudor y lágrimas. ¡Cuánto dolor! Casi puedo ver al tiempo escurriéndoseme por entre los dedos. Decir que fue ayer, me duele. Que será mañana, me angustia. Ahora el año pasado, quizás el próximo año. ¡Cuánto dolor! A veces quisiera poder detenerlo, cogerlo por sus alas como un niño cogería una mariposa. Y lo despojaría de ellas. Entonces, yo viviría en un mundo atemporal. Me imagino un árbol que nunca crece, que nunca muere. Que sus frutos son perennes como diamantes forjados por el mismísimo Dios. Pero, ¡Dios, qué hermosa es la luna aquí! Tiene un halo que refulge con el ímpetu de un muchacho de veinte años. No importa su edad, no importa si es más vieja que tú. Mira su luminosidad, como chorrea claros sobre los bosques oscuros, como regala parangones a los poetas amantes. Y las estrellas, las estrellas… ¡Qué decir de ellas! A veces juego a unir los puntos con mis dedos, a veces juego a amarlas más que al sol y al cielo azul. Este cielo que tanto adoro, impoluto en su grandiosa y contaminada vastedad. Ahora zumban los mosquitos y quiero chuparles la vida. Quiero tener su animosidad, estar revoloteando como sólo ellos pueden hacerlo. Quiero chuparme la vida entera y devorar incluso mis ansias de saber. Quiero que nada me quede entre los dedos y decir al fin de cuentas, cuando presienta que la hoz de la negra acaricie mi garganta: “he vivido… ¡Dios, que he vivido!” Entonces exhalaré mi último aliento y no me importarán el cielo, el infierno y la nada. ¡Pero he visto su rostro, he visto sus deseos de seguir viviendo! Es mi padre, ¡cuánto lo amo! Tiene unos ojos negros, pequeños y dulces como caramelos. Nunca los ostenta como lo que son: unos ojos tiernos. Sólo cuando me dice te quiero y cuando me mira y siento que de algún modo se identifica conmigo. Entonces es cuando siento que el amor fluye no sólo a través del abrazo paternal, sino también a través de esos ojos. Casi puedo olerlo… Y yo me desmorono. Los juicios sobre él se desvanecen y siento que le pertenezco. Yo siempre voy a pertenecerle. ¡Cómo no! Ahora es otro año y me duele ver lo que veo. A veces, quisiera saberlo todo y no comprender nada; da igual, siento placer. El conocimiento me produce placer. Y la gente a mi alrededor se envejece, envejece a costa mía. Yo me hago más joven; ellos, más viejos. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Cuándo será el día en que la vida me diga “hoy me conocerás”? Y lo más importante, ¿cómo será? ¿Me desplomaré ante la realidad como me desplomo ante la presencia de una pintura bonita o de una melodía electrizante? Le patearé el trasero y le diré: yo soy inmortal. En el último suspiro me aferraré a la conciencia y viviré. Mis etéreos contornos se asirán a la tierra porque yo amo a la tierra. No quiero ser divino: no quiero ser un ángel. Vuelvo a decir que amo a la tierra. Y también quiero comérmela.

1 comentario:

  1. ...qué chévere ;) Comparto. El amor al viejo viejo, el amor a la tierra... comparto, ampliamente. Q bueno conocerte,
    Un abrazo,
    K.

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